Talleres de vendimia, catas y paseos entre viñedos, en un viaje gastronómico de tres días con el vino como protagonista.

 

Aprovechando la celebración del festival vitivinícola “Pasaporte a la ribera”, me acerco a tierras castellanas para, paseando entre campos y viñedos, conocer los secretos que esconde esta centenaria tierra, fecunda madre de algunos de los mejores caldos de nuestro país.

Mi primera parada es en Valbuena del Duero para visitar la sede que tiene Bodegas Emina en la provincia de Valladolid. Perteneciente al Grupo Matarromera, tuve la oportunidad de ver esta bodega especializada en i+d+i, pionera en comercializar el primer vino sin alcohol. Después de recorrer su jardín de variedades y conocer algo más sus peculiaridades a la hora de trabajar el vino, pasé a participar de una amena y original cosmeti-cata en la que se entremezclaban los vinos producidos por Emina, y los cosméticos de origen vitivinícola de EsDor, la línea de productos de belleza natural de la bodega.

 

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Y nada como deshacerse del polvo del camino y desentumecer los sentidos, que hospedarse en el idílico Hotel Castilla Termal Monasterio de Valbuena.

Reconvertido en Hotel cinco estrellas, este lugar es en buena parte padre y madre de todos los vinos de la Ribera del Duero, ya que fueron los antiguos monjes que habitaban el monasterio, quienes introdujeron el cultivo de la vid en estas tierras de fríos inviernos y calurosos veranos.

En el renovado Monasterio de Valbuena pude disfrutar de cena aderezada con una amplia selección de vinos de la zona. No dudes en degustar su ensalada variada de tomates ecológicos con sardina ahumada y aceite de Atarquines, y acompáñala con una copa de Cava Peñalba López Brut Nature para potenciar todo su sabor, y descubrir los diferentes matices que esconde plato tan singular.

Al despertar, aprovecha para visitar la iglesia y meditar en su antiguo claustro, y no dejes escapar la oportunidad de zambullirte en su espectacular zona de balneario. En ella podrás realizar el circuito de contrastes bajo una reconstrucción de la iglesia del monasterio, o bañarte en la zona del spa sobre el mar de vides que lo rodea.

 

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La mañana prosiguió con una divertida sesión de vendimia en Bodegas Comenge.

Bajo la atenta mirada del Castillo de Curiel de Duero, participé de una amena jornada de enoturismo en la que recolecté uvas, elaboré mosto con mis propios pies y paseé en calesa entre viñedos.

Llegaban ya las tórridas horas del medio día, y tocaba disfrutar sobre el frondoso prado de la bodega de un picnic compuesto por bocadillo de rosbif con salsas caseras, una tabla de quesos variados y una ensalada aderezada con naranja y aceite balsámico, a la que solo restaba protagonismo los vinos de la bodega que la acompañaban.

 

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Por la tarde fue tiempo de visitar las instalaciones de Bodegas Legaris para participar de sus “atardeceres de vendimia”.

Pertenecientes al Grupo Codorniu, tanto las 54 hectáreas de viñedos como la bodega son parte de un proyecto nacido desde cero con los últimos avances en enología puestos al servicio de la elaboración del vino. La actividad consistía en una visita guiada a través de sus modernas instalaciones, para terminar con una cata desde la terraza de la planta superior de la bodega, con las bellas vistas del Castillo de Penafiel de fondo.

 

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Ya con la noche echada, y la oscuridad tiñendo cielo, cerros, prados y vides, emprendo un nuevo camino para degustar de cama y cena castellana en el hotel con spa de las Bodegas Arzuaga Navarro. La bienvenida llegó en forma de copioso menú donde primaba la calidad de los alimentos de cada uno de los platos, de entre los cuales habría que destacar el sabroso carpaccio de ternera y el pastel de puerros con foie.

 

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Amanece por última vez sobre los viñedos en este viaje, y el sol trae consigo una ajetreada mañana. El día comienza con una visita guiada a la finca “La Planta” de la familia Arzuaga, en la que si te decides a participar, podrás pasear entre jabalíes y ciervos, siempre que no sea época de berrea, contemplar las extensiones de sus viñedos y abrazar una encina centenaria que te cargará de energía.

Antes de marchar, una visita fugaz, y muy agradecida, por las modernas instalaciones de la bodega para conocer algo más de sus vinos. Macerados en barricas de roble francés y americano, de entre ellos se hace una selección desde el año 2006 bajo el nombre de uno de los miembros más reconocibles de la familia, la diseñadora Amaia Arzuaga. De esta selección, la última añada recibió muy buena clasificación por parte del influyente crítico de vinos Robert M. Parker.

 

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Apenas pasa la hora del medio día cuando llego a los campos de Sotillo de la Ribera para visitar las Bodegas Ismael Arroyo, en lo que será una de las experiencias más autenticas, intimas y hermosas de este viaje por la Ribera del Duero.

Coincidiendo con la celebración de “Pasaporte a la Ribera”, la tradicional visita a su centenaria bodega subterránea, cogía un matiz a onírica ensoñación inundándose con la tenue luz de decenas de velas.

Serpenteando por los enmarañados pasadizos de una de las primeras bodegas de la Ribera del Duero, discurriendo entre añejas historias y barricas rebosantes de vino, el paseo con velas llegaba a su fin con una instructiva sesión de cata con la calidad de los vinos de ValSotillo como protagonista.

 

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Con el sol ya en lo alto, recortando sombras y alargando el hambre, dirijo mis pies hasta la burgalesa Aranda de Duero para calmar mi apetito con un pequeño aperitivo en La Pícara Gastroteca.

Situada a los pies de la Iglesia de Santa María, “La Pícara” y el cercano bar de copas “La Traviesa” son propiedad de Felix Marina, el afable presidente de la asociación de hosteleros de la Ribera del Duero. Después de recibirme, Felix no tiene inconveniente en enseñarme el espacio reservado para catas, de hablarme del espectacular gintonic de vino que prepara, y de ofrecerme un sensacional “umami” de verduras con langostino.

 

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Y como uno no puede marcharse de Aranda de Duero sin hincarle el diente a uno de sus platos estrellas, el lechazo, nada mejor que comer en el asador Casa Florencio.

Con 69 años a sus espaldas estando especializados en la elaboración del cordero lechal, todo en Casa Florencio respira tradición castellana. Nada más tomar asiento, el vivaz servicio de camareros me obsequió trayendo una vistosa y deliciosa torta de aranda, con la que comenzaba un festín que continuó con una ración de croquetas de jamón y lechazo, chorizo burgalés y pimientos al horno, cazuela y chuletas de cordero lechal, y de postre una de las especialidades de la casa, milhojas de crema con chocolate al gusto.

Un abundante menú en el que la apuesta por la tradición y por la calidad de los productos se daban la mano. Y la mejor manera de despedir un inolvidable viaje cargado de vino y risas por la Ruta Ribera del Duero. Próxima parada, Madrid.

 

Ruta del Vino Ribera del Duero

 

[ Artículo publicado en Fuet Magazine]

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