Extravagante y repleto de sutilezas, el vocabulario floral hizo las delicias de los amantes y enamorados de la época victoriana.

 

Allá por 1851 se celebraba en Londres la gran Exposición Universal. Con el Crystal Palace de Joseph Paxton como telón, el mundo quedaba maravillado ante la capacidad innovadora y científica de la nación organizadora. El Reino Unido hacía gala de los avances de su revolución industrial, y se preparaba bajo el reinado de la Reina Victoria a vivir uno de los capítulos más importantes de su historia.

Mientras se fraguaban fabricas y se ahoyaba la tierra en busca de carbón, la clase obrera yacía hacinada entre suciedad y pobreza, entretanto la clase más opulenta y vivaracha de la sociedad victoriana, encontraba en el lenguaje de las flores, la  floriografía, uno de sus mayores divertimentos. Con el tejían amores, y desarmaban corazones.

 

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Grabado extraído del 4 volumen de ‘Favourite flowers of garden and greenhouse’ (1896)

 

Extendiendo su simbolismo por todas las ramas de la sociedad, el lenguaje de las flores aparece, prácticamente inadvertido ante nuestros ojos 3G, en las obras literarias de autoras como Jane Austen y Emily Dickinson.

Durante toda esta época surgieron como la hiedra multitud de libros y diccionarios que explicaban las peculiaridades de tan singular lenguaje, siendo el volumen de 1819 ‘Le langage des fleurs’, escrito por la francesa Louise Cortambert, uno de los más eminentes, tanto por su divulgación, como por el trabajo que sus páginas encerraban.

 

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Litografía a color ‘Hanging Bouquet’ de 1888.

 

El sistema componía un completo idioma y, al igual que una sinfonía o una composición musical, no bastaba con saber leer la nota cada flor, sino que según el arreglo floral y la melodía compuesta por el total de los elementos que lo formaban, el mensaje podía coger un matiz u otro.

Si alguien te obsequiaba con un arreglo compuesto por geranios, te estaba preguntando si podría verte en el proximo baile, y con unos claveles de rayas rojas podías contestar que lamentablemente no.

Un ramillete a base de lupinus, malvas, brazo blanco y flor de cuclillo dice que alguien está impresionado con tu imaginación y tu ingenio, y que te desea buena suerte. Por el contrario, si alguien e obsequia con una selección de delphiniums, hortensias, baladre, albahaca y loto corniculado, te esta diciendo que eres cruel (hortensias) arrogante (delphiniums) y que te odia (albahaca). Ten cuidado (baladre) me vengaré (loto coniculado). Un presente algo pasivo agresivo. 

 
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Litografías de Elizabeth Twining en ‘Natural Order of Plants’ 1849.

 

Al tratarse de un sistema de comunicación simbólico, repleto de matices e interpretaciones, el lenguaje de las flores distaba mucho de ser una ciencia, y gozaba de un alto grado de arbitrariedad que de seguro provocaron más de un disgusto. En algunos diccionarios el Cardamine Blanco simbolizaba “error paterno” mientras que en otros venía a significar “ardor” y “entusiasmo”. En 1892 el escritor Oscar Wilde apareció luciendo, junto a varios jóvenes diseminados entre el público, un clavel teñido de verde durante el estreno de su obra “El abanico de lady Windermere”. Creando desconcierto entre los asistentes, se empezó a vincular el clavel verde como símbolo de la homosexualidad, cuando lo que sencillamente quería Wilde era, simple y llanamente, provocar.

La floriografía empezó a ponerse de moda tras conocerse Las Cartas de la Embajada Turca de Mary Montague, llegando a su fin con el estallido de la primera guerra mundial, cuando el romanticismo de las flores dio paso al horror del acero.

 

vía Atlas Obscura

 

[ Artículo publicado en Vein Magazine]

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